A mi también que me entierren en Santiago de Cuba, como pidió Caignet

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Este es un artículo que he localizado y expresa mi deseo póstumo. Acaba de morir mi madre y ella deseaba reposar junto a mi padre. Así será. Yo hoy doy fe de que mi deseo es que mis cenizas reposen en el cementerio de Santa Ifigenia de Santiago de Cuba, donde reposan los grandes trovadores y soneros orientales que compusieron las canciones que son mi auténtica criptonita vital.

Antonio Mora Ayora

El derecho del compás. En opinión de uno de los más celosos defensores de la obra de Félix B. Caignet, su mayor virtud fue la de compositor musical. por MICHEL SUáREZ, Valencia

Coincidentemente, cuando triunfó la revolución cubana Félix Benjamín Caignet se vio obligado a jubilarse por la pérdida progresiva de la visión. Quedaba mucho por decir de su personalidad —sobre todo en el extranjero—, pues en su país figuraba en la lista de los “excéntricos”. Más allá de su extensa y controvertida obra radiofónica, que tanto dio de qué hablar a la crítica y al público, hay un Caignet pocas veces comentado, o tal vez limitado a determinados iconos: el compositor musical.

A Ignacio García Caignet —su sobrino nieto— posiblemente le falte memoria para muchas otras cuestiones, excepto las que se relacionan con su tío abuelo, a quien sirvió de bastón en los últimos años de vida.

Ignacio, se dice que de historietista en un periódico Caignet pasó a componer canciones. Todo eso antes de involucrarse en la radio dramática…

Sí. Hay que decir que su primer trabajo artístico fue en el Diario de Cuba, en la calle Enramadas, de Santiago de Cuba. Él era secretario auxiliar de la Audiencia y un periodista amigo, Armando Leyva, le invitó a que fuera al periódico, pues allí tenían unos muñequitos sin vida. Fue entonces que le propusieron que los escribiera, y es cuando surge Chilín y Bebita, todos los domingos en forma de historieta. Ese fue su inicio en el periodismo.

La vida musical empieza cuando lo nombran administrador del teatro Cuba, a finales de la década del 20. Todavía las películas eran mudas y en cada intermedio él ponía pausas musicales con Rafael Morales (Moralitos, un pianista santiaguero) y otros aficionados al canto. Ahí le dio por componer su obra musical. Surgen Te odio y Frutas del Caney.

¿Cuál fue exactamente el papel de Electo Rosell, “Chepín”, en la creación musical de Félix?

La letra de Te odio era de Félix y la música de Electo Rosell. Ellos eran grandes amigos. Igual sucedió con Frutas del Caney. Chepín tocaba el violín en la orquesta del teatro Cuba antes de hacer su famosa orquesta junto a Chovén. Mi tío, sin saber tocar, estaba tarareando en el piano Te odio. Chepín, que estaba cerca, lo escucha. Conversó con él y le dijo que le iba a copiar la música en el pentagrama. El estreno de Te odio fue en el mismo teatro Cuba.

Algunas se veces se especuló sobre las fuentes de inspiración de su tío abuelo en relación con historias de la vida real. ¿Qué sabe usted sobre eso?

Aunque algo se comente al respecto, Félix no se inspiró en ninguna situación real para componer Te odio. En la única canción que se inspiró en algo de la vida real fue en El ratoncito Miguel, que se hizo en el 1931 —si mal no recuerdo—, en plena dictadura de Machado. Los jefes de grupos estudiantiles revolucionarios le pidieron que escribiera algo y él compuso un libreto que se llamó Los corajudos, que estrenó en el teatro Martí para ayudar a la gente de Guiteras. Entonces compuso también El ratoncito Miguel, y por eso fue detenido, pues había en la canción una crítica implícita al régimen de Machado.

Sin embargo, después de Te odio, el pregón Frutas del Caney marcó una nueva línea en su creación autoral, más cercana al son de Oriente y al lenguaje de los campos cubanos…

Frutas del Caney la compuso aproximadamente en el año 1929, en los llamados Sábados de Moda del teatro Cuba. Tocaba al piano Moralitos y Frank Antúnez fue el que primero la cantó. Félix fundaría luego, junto a Rita Montaner, un grupo musical para el programa del teatro Encanto, y más de una vez cantó a dúo con ella Frutas del Caney y Te odio. A propósito, Rita fue contratada por el cabaret La Conga, de Nueva York, y allí estrena Te odio, Frutas del Caney y El manisero. Fíjate si fue grande que en el año 1940 Eliseo Grenet da un viaje allí y se sorprende de que se conocían más estas tres obras en Nueva York que en la propia Cuba. Le dijo: Oye Félix, Frutas del Caney en Nueva York es un éxito, popularizada por Rita Montaner. Otros de los grandes intérpretes de Te odio fueron Barbarito Diez, Rosita Fornés y Alina Sánchez.. Pero el inconfundible es el de Rita Montaner. Frutas… tuvo también muchas versiones, pero sin dudas el Trío Matamoros le imprimió la inmortalidad.

Otra obra completamente diferente fue Karabalí, que se acerca más a la tendencia negroide. No se puede olvidar que él hizo también el libro de poemas Versos negros en papel mulato, que le permitió inscribirse en la lista de Guillén y Ballagas. Además, hizo las canciones Claro verdor de amor, Gotas de ajenjo y Quisiera besarte. Ésta sirvió de tema musical a su famosa novela El derecho de nacer.

Unos tres años antes de morir, Félix B. Caignet dijo en una entrevista a la radio cubana: “Soy muy cubano, cubano nada más. Nunca he tenido un puesto en ningún gobierno, nunca voté, lo que me exonera de responsabilidades; no he sido político porque no me ha gustado la política. He tenido mucho dinero, mansiones, éxito; he viajado y también he pasado más hambre que un ratón de ferretería”. Esas declaraciones podrían confirmar un supuesto apoliticismo —similar al asumido por Dulce María Loynaz— que le mantuvo un tanto marginado. Se dice, además, que él tenía una amplia recaudación por concepto de derechos de autor (literarios y musicales) en el extranjero. Pudo elegir el camino del exilio y, sin embargo, permaneció en Cuba. ¿A qué atribuye usted esa decisión?

Mira, Félix era un santiaguero de cuerpo entero. Decía en una de sus canciones, Montañas de Oriente, que él no quería morirse sin volver a ver las montañas orientales. Ya moribundo nos dijo: “quiero que me entierren en Santiago, a la vera de las montañas y al lado de mi familia”. Durante la celebración de su centenario, en 1992, trajimos sus restos a Santiago. La versión de esa obra que mencionaba la interpretaban siempre las Hermanas Martí.

Cuando él y yo viajamos a Miami para operarlo de la vista, la alta gerencia de la CMQ en el exilio va a verlo y le ofrece un cheque en blanco para que se quedara en Estados Unidos. Querían un palo periodístico y ya habían preparado el titular: “Felix B. Caignet, el autor que supo llegar al corazón del pueblo, de nuevo en su casa de CMQ”. Y él les dijo delante de mí: “Yo nunca me he ido de la CMQ. Si estaba ciego en Cuba, ahora que veo un poquito no me quiero morir sin ver las montañas donde nací”. Al otro día, en una muestra de intolerancia, el Diario Las Américas anunciaba a toda página que “Félix B. Caignet se vuelve comunista”. También en México le propusieron quedarse a cambio del medio millón de dólares de sus derechos de autor, y él lo rechazó.

En su opinión, ¿cuál fue el Caignet más auténtico en términos artísticos, el de la radio, la música o las artes plásticas?

Félix B. Caignet fue un maestro en todo, pero su obra musical es su aporte más grande a la cultura cubana y universal, pues la literatura radial estaba sujeta al deseo de los patrocinadores, a los vaivenes del comercio. Tuvo que escribir sujeto a presiones, aunque es justo decir que su obra radial siempre tuvo un contenido social. Chan Li Po planteaba la lucha contra la droga y sus efectos en la juventud. Luego vemos en El precio de una vida la lucha contra la corrupción y el vicio, y en Ángeles de la calle, que escribe dos años después de El derecho de nacer, el tema de los niños vagabundos en las márgenes del río Almendares. Pero su obra musical fue lo más auténtico, lo que hizo a gusto y sin presiones comerciales. Ése es el verdadero Caignet.

URL: http://arch.cubaencuentro.com/musica/2002/12/20/10919.html

El padre de las radionovelas, esos culebrones que atrapan a muchos para hacerles reír y llorar, fue este cubano nacido en el santiaguero municipio de San Luis. Su nombre, Félix Benjamín Caignet Salomón. Vino al mundo, para suerte de la radio y la televisión, el 31 de marzo de 1892

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