Panchito: Cacique de montaña (los últimos Taínos)

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ony Cortes presenta en Punto Final la serie :Sobre mis Pasos, el Host y actor,en su viaje,
Pregunta, indaga pero tambien responde. Encuentra gente que quiere decir, pero sobre todo preguntar y llega hasta los descendientes de los Indios Cubanos en una travesía difícil y polémica.

Nos recibieron con la algarabía que les caracteriza: riéndose y haciendo bromas desde el principio (¿y se preguntan los cubanos por qué somos tan jocosos?). Acomodaron nuestros bultos en la sala de la casa. Todavía Panchito no aparecía: “Papa no está ahora, está pa’llá pa la vega [en la siembra], pero debe estar al bajar ya”, nos dijo su nieta Arelbis. Y en efecto, mientras mirábamos por todos lados, confirmando las imágenes en nuestras mentes y respirando el aire y la energía del lugar, vimos que viene llegando el viejo, con un machete en una mano y una jaba al hombro que contenía algunos viandas acabadas de cosechar: “A ver ¿dónde están esos habaneros que vienen a conocer a los indios de La Ranchería?” –soltó con una amplia sonrisa y sin siquiera limpiarse el polvo del camino.

A partir de ese instante todo desaceleró y adquirió otro ritmo. Un ritmo más lento y silencioso, en el que los 10 días que siguieron se multiplicaron 2 ó 3 veces, haciendo que nuestra percepción se cargara tanto de nuevas experiencias, que aún hoy es difícil recordar muchos detalles o su posición en la ilusoria línea en que organizamos el tiempo. Por esa razón creemos que lo que valdría la pena destacar son las impresiones más importantes que tuvimos allí y las imágenes hablarán otro poco.

A primera vista parece de lo más aburrido del mundo, de hecho es a ese supuesto aburrimiento lo que teme la “gente de la ciudad”. Sin embargo, hay varias cosas que nunca toman en cuenta. Primero, que justamente queda mucho tiempo para dedicarle a la introspección (algo que se ha perdido en la ciudad con “tantas cosas que hacer y a qué atender”) y de ahí a dar vida a la creatividad[2]. Segundo, que en La Ranchería la diversión o el entretenimiento no es algo que se toma a la ligera o como droga moderna para escapar o adormecer los sentidos, sino que es un momento donde se refuerzan los lazos interpersonales, familiares y comunitarios y donde cualquier citadino será puesto a prueba durante las largas fiestas o ceremonias donde se canta y se baila también a un ritmo lento pero constante. Donde se celebra la vida humana, la Naturaleza o se le cantan loas y gracias a las divinidades[3] que otorgaron algún pedido o permitieron que la vida de algún familiar o conocido continuara en esta tierra. Y todo en medio de la simplicidad y familiaridad que caracteriza la vida natural.

Panchito, como bien dice José Barreiro en su libro[1] , es una persona natural y nunca se anda inventando historias muy complejas, sin que carezcan de profundidad y sabiduría. Según él, la verdadera sabiduría está en la Naturaleza y lo que hay que hacer es fijarse bien. La mayoría de sus conversaciones con nosotros transcurrían en medio de un “ritual” diario muy básico: un buen café en la mañana, una caminata por los campos (a trabajar o simplemente a conocer el territorio, pero siempre como una especie de “Buenos días Madre Tierra”), un poco de trabajo en la comunidad después del almuerzo (limpieza, los preparativos para la comida, etc.), bañarse y sentarse en la sala de su casa a ver el atardecer por una de las ventanas y esperar la noche (siempre había una especie de competencia implícita para apropiarse del otro sillón que quedaba libre después que Panchito ocupaba el suyo), comer y después de un rato de reposo ir pensando en dormir.

Como tercer punto y uno de los más importantes, es que Panchito y algunas de la gente en La Ranchería conservan aún cierto vínculo con lo que se pudiera llamar el conocimiento silencioso[4]: sueños, visiones, conversaciones con plantas y animales y otras formas de ser y hacer, que mantienen sus vidas conectadas al misterio y la maravilla de ser humanos, algo que el ruido citadino no permite percibir sin interferencias y a lo que, lamentablemente, comienzan a estar expuestas las nuevas generaciones del lugar, más alejadas por varias razones, del núcleo común del poblado: viven en las ciudades muchos de ellos, con un menor o mayor grado de conciencia de sus orígenes. Con todo y eso La Ranchería es otro ejemplo de firmeza frente al desenfreno de la cultura eurocéntrica (de la que Cuba forma parte) que no ha perdido ni un ápice de su agresividad hacia el otro y busca, ahora más sutilmente disfrazada detrás del velo del “desarrollo”, la homogeneización de la visión del mundo.

Panchito y La Ranchería (así como otros lugares en la ruralidad cubana y americana), son una especie de resistencia también al sostener su condición de cubanos a la vez que su origen indígena (tan vilipendiada por algunos científicos o por la noción popular de la extinción). Desde hace años participan en muchas actividades y eventos relacionados con el tema aborigen (recogimos algunas impresiones de una ceremonia que realizaron en el Guafe, Niquero, provincia de Gramna), permiten que se hagan cuantos estudios sean necesarios o se filmen documentales al respecto (en su Libro de Visitas se ven las firmas de trabajadores de institutos cubanos de Genética, documentalistas, del gobierno, así como personas, como nosotros, que vinieron simplemente a conocerlos).

En La Ranchería se conservan conocimientos de disímiles perfiles: culinarios, médicos, históricos, filosóficos, espirituales. Panchito, en sus conversaciones, manifestaba una sabiduría basada no solo en lo intelectual (él mismo repite que es casi analfabeto), sino en una experiencia de vida bien vivida, además de su inclinación natural a ayudar y guiar a los demás, lo que le ha ganado el título bien merecido de cacique.

Lo otro que nos llenó mucho fue la atención que aquellas personas tenían, no solo hacia nosotros por ser los invitados, sino para con cualquiera que los visitara, así como la estima que estos últimos le tenían a ellos. Además de los familiares que para aquellas fechas se reunieron (hijos, nietas, sobrinos), a cada rato aparecía algún amigo a saludar y a pasar aunque fuera un rato con Panchito y su gente, también pasaban los visitantes regulares que se encargaban de traer el pan o algunos víveres que se distribuyen por la cuota estatal (azúcar, sal, arroz). Todos fuimos atendidos como si fuéramos de la familia, brindándonos lo mejor que tenían o lo que hiciera falta para seguir el camino.

Nos impresionó mucho un visitante que estuvo por allá el día 1ro de enero. Su nombre es Pedro Beltrán, de 83 años, de padre haitiano y madre indígena. Después de hablarnos emotivamente de sus experiencias en la luchas en el Escambray[5] , se sentó un rato afuera con nosotros a compartir unos tragos de ron y hablarnos más de sus experiencias de vida y de lo que ellas le habían enseñado. A pesar de su edad, aquel hombre respiraba vitalidad por todos lados. Nos invitó a su casa en La Felicidad (un pueblo por el que pasamos en nuestro viaje de regreso hacia Guantánamo) cuando regresáramos de nuevo por aquellos lares.

¿Qué decir de las demás personas en la Ranchería?

Reina, la esposa de Panchito y quién está encargada de la cocina y de todo lo relacionado con el café: lo pila, lo tuesta, lo muele y lo hace riquísimo… todo menos recogerlo porque es muy pequeña de estatura (pero grande en todo lo demás) y no alcanza para cosechar los granos.

Almeida, la hija mayor de Panchito, una mezcla de fuerza y cariño. “Administradora” del huerto de La Ranchería y cuyos cocimientos[6] sirvieron a más de uno para los resfriados.

Inoel, el mayor de los hijos varones de Panchito, de poco hablar, aparentemente tímido incluso para llorar el día que partimos. Su casa es una muestra de que prefiere la función de guardián y la observación: se encuentra en una loma desde donde se ve todo el poblado de La Ranchería, justo en el lugar por donde está la fuente principal de agua y donde convergen los caminos de entrada y salida de la comunidad.

 

Vladimir, el menor de los hijos, el más alegre de todos pues no había cosa que le borrara la sonrisa. Quizá por eso estaba detrás del tres[7], dirigiendo a los músicos en las largas noches de fiestas.

Arelbis, hija de Almeida y nieta de Panchito. Desde hace un tiempo y quizá por la cercanía de la vejez, Panchito le ha dado la batuta de las cuestiones organizativas de la comunidad. Ella “manda” a todos y en las fiestas no hay quién pueda sustituirla tocando el güiro.

Y muchos más, de todas las generaciones, Carmen, Machiro, Blanca, Mongo, Belkis, Lucía, Watujo, La Negra, Alexander, Luisa, que comparten la jocosidad y la alegría de vivir allí y de luchar porque “la cultura india no se caiga”, como dice Panchito, para lo cual nosotros, como cubanos, debemos entender que también es nuestra lucha, “una batalla que no es política, sino cultural” .

De regreso de La Ranchería

Partimos de La Ranchería entre lágrimas de ambas partes y promesas de regreso. Panchito no lloró, pero en algún momento dijo que después se iba para su jagüey y allá lloraba, donde no lo vieran porque le daba pena.

Notas:

[1] José Barreiro, “Panchito: Cacique de montaña. Testimonio guajiro-taíno”. 2001. Ediciones Catedral. Santiago de Cuba.

[2] Jerry Mander en su libro “En ausencia de lo sagrado” destaca el hecho de la necesidad del “aburrimiento” para despertar la capacidad creadora de las personas. Justamente en el momento en que nos quedamos en silencio, aparentemente sin nada que hacer, aparece la chispa de la creación. Todos los mitos de la humanidad recogen el inicio del mundo en un momento de quietud, de silencio… al parecer los dioses también se aburren.

[3] Según Panchito, él le canta y le rinde tributo a la Madre Tierra, a la Luna, a la Lluvia a todo lo que es natural. También en su “panteón” religioso se pueden encontrar elementos del espiritismo de Kardec, así como divinidades de origen cristiano como San Miguel o La Virgen de la Caridad del Cobre (más en su versión europea que como un símbolo de integración de 3 culturas). Pero sobre todo, sus plegarias van dirigidas a las entidades naturales, algo que lo acerca más a su ascendencia aborigen sobre todo por la familiaridad con que las “maneja”, sin mucha complejidad ritual.

[4] Un término acuñado por Carlos Castaneda en su libro homónimo (1987). Don Juan Matus, un indígena yaqui (mexicano) es quién “explica” el término a través de conceptos y experiencias por las que hace pasar a Castaneda. La similitud está aquí en la manera de acceder a ese conocimiento y en su manera de manifestarse.

[5] Luchas en las montañas del centro del país contra los “alzados” (personas que entablaron resistencia armada contra la Revolución Cubana). Los “alzados” pretendían la restauración del antiguo y corrupto sistema político, depuesto por los rebeldes revolucionarios en 1959.

[6] Infusiones medicinales hechas con partes de una o varias plantas.

[7] Instrumento musical de cuerdas, típico de las zonas rurales de Cuba. Parecido a la guitarra, pero difiere en la disposición de las cuerdas (tres doble cuerdas, de ahí su nombre), en la afinación y por tanto en la sonoridad, que tiende a los tonos agudos. Se toca con púa.

[8] Comentarios de José Barreiro en el documental “La Ranchería: el mito de una extinción”, realizado por Armando Guerra y Waldo Capote en el 2010.

[9] A unos metros de la parte trasera de la casa de Panchito, crece un jagüey muy peculiar: es jimagua pues de una misma raíz parten dos gruesos y altos troncos. Panchito lo tiene como un lugar sagrado, que visita a menudo para hacer ofrendas y “conversar” con la Naturaleza y sus fuerzas.

Una caminata de aproximadamente 14 kilómetros y un largo viaje en varios camiones entre montañas y valles, nos llevó de regreso a Guantánamo. Allí estuvimos 2 días. La idea era alistarnos para enfrentar la siguiente etapa de la gira, que incluía acciones más concretas (presentaciones, conversatorios, entrevistas, etc.). Esta fase iniciaría en la ciudad de Baracoa, también en Guantánamo. Según lo habíamos planificado, allí nos esperaban Alejandro Hartmann, el historiador de la ciudad y Roberto Ordúñez, arqueólogo. Tanto en Baracoa como en los lugares que visitamos después, conocimos a muchas personas que constituyeron la certeza de que lo aborigen en Cuba, es más “real” y profundo que lo que muchos piensan o restringen a una serie de evidencias arqueológicas y estudios etnocientíficos, y que no se limita a familias o pueblos con ascendencia biológica indígena.

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Publicado el Miércoles 20 de marzo de 2013
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